¿SANTA TERESA DE LISIEUX UNA CONTINUIDAD ESPIRITUAL DEL BEATO F. PALAU?

Al beato Francisco Palau, Dios le había concedido la confianza de que al morir iría al cielo y días antes de que esto ocurriera, dijo a una persona amiga: «Me voy al cielo, reclamadme, reclamadme, que yo os ayudaré». Se podría decir: en los días en que el Bto. Francisco Palau entró en el cielo, fue engendrada en el seno de su madre la que sería más tarde Santa Teresa del Niño Jesús, porque entre la muerte de uno y el nacimiento de Teresita hay 9 meses y 13 días.

    Santa Teresita vivió intensamente la comunión de los santos en la Iglesia. Dos meses y medio antes de morir dijo: «Con frecuencia, sin que nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos se deben a una alma escondida, porque Dios quiere que los santos se comuniquen los unos a los otros la gracia mediante la oración, a fin de que en el cielo se amen con un gran amor, con un amor mucho más grande aún que el de la familia, aunque se trate de la familia más ideal de la tierra Cuántas veces he pensado si no podría yo deber todas las gracias que he recibido a las oraciones de un alma que haya pedido por mí a Dios y a quien no conoceré más que en el cielo!… En el cielo no habrá miradas indiferentes, porque todos los elegidos reconocerán que se deben mutuamente las gracias que le ha merecido la corona»[1]

 Una de las convicciones más amadas del P. Arintero, gran eclesiólogo contemporáneo de Santa Teresa de Lisieux, puede ayudarnos a profundizar en este misterio de la comunión eclesial. «Los santos son los frutos más logrados de la gracia divinizadora de Cristo, los que acreditan la función santificadora de la Iglesia. Ellos, al mismo tiempo, revierten sobre la Iglesia la santidad que de ella reciben; y en proporción con su misma santidad, derivan de  santificados en santificadores, desbordando sobre los otros fieles, comiembros suyos, y sobre todo el organismo viviente de la Iglesia, la pujanza a que ha llegado su espíritu»[2].

Siendo la Iglesia una gran familia, donde las riquezas espirituales que uno de sus miembros ha conseguido por su fidelidad a la acción de su Espíritu Santo, enriquecerá a otro, y éste lo hará con los que vendrán, hasta dar a la Iglesia la belleza que está destinada a alcanzar, figurada en «La nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap. 21,2).

El Espíritu de Dios llevó al P. Palau a luchar contra la justicia de Dios pera conseguir su misericordia. A Teresa del Niño Jesús, Dios la hizo vivir en la inmensidad de su misericordia. El P. Palau, fue captado hasta lo más profundo de su ser por el misterio de la Iglesia. Después de muchos años de pruebas y sufrimientos le fue revelada por Dios la Iglesia como persona mística, el Padre concedió a Francisco Palau participar de su paternidad sobre la Iglesia y Cristo le concedió de participar de su vinculación esponsal con Ella. También a Teresa, después de largo tiempo de sufrir la aridez en la oración y de responder a Dios con amor, el Señor le concedará comprender vivencialmente la Iglesia como Cuerpo Místico, y que la Iglesia tiene un corazón ardiente de amor. Comprenderá que su vocación es ser en el corazón de su Madre, la Iglesia, el amor (Ms B, 3v).

En la contemplación de la Iglesia como cuerpo o persona mística, el P. Francisco Palau quedó prendado por su inmensa belleza. En cambio Teresa de Lisieux quedó absorbida contemplando «La presencia del amor (Espíritu Santo) en el corazón de la Iglesia que anima todas las vocaciones»[3].

El Carmelo, según el teólogo carmelita P. Enrique Esteve, tiene como misión vivenciar en la Iglesia la vida interior de María. Francisco Palau y Teresa de Lisieux están unidos por esta misma vocación de carmelitas. Cada uno de ellos, según los designios de Dios, ha sido destinado a vivir una dimensión diferente de la gran belleza interior de María. La madre de Jesús siempre vivió la infancia espiritual en su relación con Dios Padre, Ella pudo contemplar admirada el profundo amor misericordioso de Dios que envía a su Hijo al mundo para salvarnos (Cf. Jn 3, 16). Teresa es tan sólo un reflejo de esta infancia espiritual de María, la cual en el Magníficat canta la gran misericordia de Dios Padre.

La Virgen María en vida pudo ver como los discípulos abandonaban a su Maestro, pero más tarde los vio responsables de las comunidades eclesiales que les fueron encomendadas, dando incluso la vida en testimonio de Cristo. María  cantó la belleza de la Iglesia, y se convirtió en su gran servidora. Francisco Palau refleja algo del canto a la belleza de la Iglesia realizado por María, y como Ella dedica todas las capacidades de su ser a servir a la Iglesia.

Teresa y Francisco viven con gran profundidad dos  dimensiones del ser de Dios. Teresa de Lisieux ve a Dios desde la perspectiva de la misericordia, en ella contempla y adora todas las otras perfecciones divinas, incluso ve la justicia revestida de amor (Ms A, 38v).  Francisco Palau ve toda la realidad divina y humana desde la perspectiva del misterio de la Iglesia: «La Iglesia santa es la imagen viva y acabada de Dios trino y uno, porque sólo en ella hay todas las perfecciones divinas que constituyen esta imagen»[4].

Dios ha concedido a Teresa sus deseos, ella sentía la vocación de apóstol, sacerdote, mártir, misionero que anuncia el Evangelio a los cinco continentes del mundo, hasta la consumación de los siglos. Dios ha querido que Teresa se prolongue en los sacerdotes, misioneros, apóstoles, laicos que en los cinco continentes del mundo y a lo largo de los tiempos hacen vida su espiritualidad, convirtiéndose en testimonios de que Dios es un Padre que ama entrañablemente sus hijos, y éstos se abandonan confiadamente a su infinita misericordia.

Francisco Palau ha recibido la misión de anunciar a todos los pueblos del mundo la belleza infinita de la Iglesia para que sea amada. Hoy cerca de tres mil hijas espirituales del Beato F. Palau presentes en unos treinta países de cuatro continentes del mundo, aman, sirven a la Iglesia en sus necesidades, y enseñan a todos a amar filialmente a la Iglesia. Todo aquel que lea atentamente y con perseverancia los escritos del Beato F. Palau obtendrá como a fruto espiritual un amor entrañable a la Iglesia.

Pero hay algo que diferencia profundamente a estos dos santos del Carmelo. A la muerte de Santa Teresa del Niño Jesús fueron publicados sus escritos espirituales, hace un siglo que estos escritos espirituales no dejan de hacer bien a todos los que los leen. Sus pensamientos han quedado integrados en la espiritualidad de nuestro tiempo, hasta el punto de que Juan Pablo II la ha declarado doctora de la Iglesia.

Esto no ha sucedido con los escritos del Beato F. Palau. Hasta el año 1997 no fueron publicados sus escritos íntimos: “Mis Relaciones con la Iglesia» hoy agotado. Los estudiosos de la Iglesia que los leen, quedan admirados por la profundidad con que intuyó el misterio de la Iglesia. El P. Palau, alejado de los centros europeos donde se elaboraba la teología sobre la Iglesia, llegaba a conclusiones todavía más profundas por el camino de la experiencia mística”[5]. También los sacerdotes que han tenido la suerte de poder leer este libro y lo han comprendido, han intuido el profundo amor de Cristo hacia el sacerdote. Los sacerdotes son otro Cristo, Jesús les hace participar del amor esponsalicio que Él constantemente recibe de la Iglesia. El Beato F. Palau es un testimonio privilegiado de este amor esponsalicio del sacerdote hacia la Iglesia. Si hubieran sido publicados sus escritos después de su muerte, hoy formaría parte del patrimonio espiritual de la Iglesia. Teológicamente el conocimiento sobre el misterio de la Iglesia habría avanzado mucho más.

Dios le concedió al P. Palau descubrir a la Iglesia como un ser personal capaz de amar y ser amado, capaz de saciar toda la capacidad del corazón humano. Afirmación que va mucho más allá de la que definió el Concilio Vaticano II. Sólo Pablo VI en su encíclica «Eclesiam Suam», se acerca algo a la experiencia que ya estaba profundamente instaurada en el interior del Bto F. Palau. En esta encíclica Pablo VI decía:  El misterio de la Iglesia no es un simple objeto de conocimiento teológico, ha de  convertirse en una vivencia, en la cual antes de tener una noción clara, el alma fiel puede tener incluso una experiencia connatural»[6].

Si los escritos del Bto. F. Palau formasen parte de la espiritualidad de nuestro siglo como los de santa Teresita, muchos sacerdotes que con la crisis postconciliar se secularizaron buscando ser amados por una amor femenino, los escritos del P. Palau les hubiesen ayudado a descubrir que en la fidelidad radical al celibato sacerdotal podían encontrar este amor que buscaban, como lo encuentra la mujer consagrada a Cristo. Esta, por un don del Espíritu Santo, ama a Cristo con amor esponsal y es amada por Él con amor esponsalicio, del cual Santa Teresita es un bello testimonio.

Es necesario que se  haga realidad el deseo que el obispo de Lleida, expresó en su beatificación: «Desde ahora aumentarán sin duda los estudios acerca de la vida y enseñanzas del nuevo Beato»[7]. Pero este deseo sólo se ha hecho realidad, aún, de una forma minúscula. Quizás un día Lleida será sede de congresos internacionales para profundizar en el conocimiento del Beato F. Palau, y el gozo que todos hemos tenido por la proclamación de Teresa del Niño Jesús como doctora de la Iglesia Universal, quizás los que vendrán lo tendrán de poder ver la proclamación de Francisco Palau Doctor de la Iglesia, precisamente por su doctrina sobre el misterio de la Iglesia.

                                                                 MARÍA DEL PILAR VILA


[1].Teresa de Lisieux , Obras Completas,  Ed. Monte Carmelo, Burgos 1980, «Últimas conversaciones»15.7.1897.

[2]. Marcelino Llamera, Los Santos en la vida de la Iglesia,  Ed. San Esteban, Salamanca 1992, 14.

[3]. Guy Gaucher, Santa Teresa de Liseux, de Lisieux hasta los confines del mundo, Ed. Du Signe,  Estrasburgo 1995, 15.

[4]. Cf. F. Palau , Mis Relaciones,  335 (510).

 8. Cf. Ramon Torrella Cascante, Fisonomía sacerdotal, apostólica y espiritual del P. Palau y Quer, L´Osservatore Romano, (edi. española) 14-4-1988,  24 (276).

[6]. Pablo VI  Eclesiam Suam, n. 35.

[7].Dr. Ramon Malla,  A la llum del P. Pala,  Exhortació pastoral, Lleida 15-4-1988.

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