La Virgen María manantial de la vida interior del Carmelita

En distintas partes Teresa de Jesús llama a sus monjas «mis hijas», pero les intenta transmitir que primero son «hijas de la Virgen». Dios le concederá el poder participar del don de la maternidad espiritual de la Virgen María, pero santa Teresa de Jesús, será muy consciente de la distancia entre las dos. Por ello escribe este texto precioso, en el que humillándose se enaltece a ella misma, pero deja bien sentado que el carmelita es ante todo hijo e hija de la Virgen María:

«Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino llegarme a Ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente y así no tenéis para que os afrentar de que sea tan ruin, pues tenéis tan buena madre; imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, que no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden» (III M 3,1).

En esta exhortación nos dice la santa madre Teresa una gran verdad. Aunque ella por designio de Dios es la fundadora de una Reforma del Carmelo, y se comportó y se comporta como una verdadera madre con todos los hijos e hijas espirituales que Dios le ha concedido. Nos dice que somos verdaderamente hijos de Nuestra Señora, en Ella está el manantial de nuestra vida espiritual. En la Virgen María se cumplen las palabras que san Juan de la Cruz dedica a los fundadores: «Pocas almas llegan a tanto como esto [el supremo amor trinitario], mas algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que había de tener su doctrina y espíritu» (Ll 2,12).

Dirá Daniel de Pablo Maroto: «El “carisma” de una orden religiosa sólo lo poseen en plenitud los fundadores. Es un don que el Espíritu Santo les concede para vivir el proyecto evangélico del seguimiento e imitación de Cristo con radicalidad acomodado a las necesidades de los tiempos. Y ese mismo proyecto de vida es lo que transmiten a sus herederos. Los fundadores   son como la fuente primordial de la institución fundada por ellos, más o menos caudalosa según la fuerza de su don carismático y el vigor espiritual con que perdurará en el tiempo»[1].

De esta definición del carisma, a la luz de los grandes santos del Carmelo Teresiano, es decir aquellos que han correspondido a la gracia de la vocación y que la Iglesia nos ha puesto como modelo, podemos decir que santa Teresa es «la fuente primordial de la Institución fundada por [ella]», es decir, del Carmelo Teresiano, más que decir que ella ha vivido toda la altura espiritual que vivirá su posteridad. Se podría decir que santa Teresa de Jesús a todos nos precede en el Carmelo Teresiano, nos ha dado la impronta eclesial del carisma contemplativo, y que desde «la pujanza a que ha llegado su espíritu»[2], después de profundas purificaciones, empiezan a caminar sus hijos e hijas.

Santa Teresa de Jesús vivió con particular intensidad el ser hija de la Iglesia, pero el beato Francisco Palau le fue concedido comprender que la Iglesia es una persona mística, con la que también podía establecer relaciones no sólo filiales sino también de paternidad y de esponsalidad.

Uno de los primeros testimonios que la Iglesia tiene sobre la inhabitación de la Trinidad en el alma, y como esta se relaciona con las tres divinas personas, es el de santa Teresa de Jesús. Luego surgirán movimientos en el seno de la Iglesia que incapacitarán la vivencia de la vida Trinitaria, entre ellas el jansenismo. Santa Teresa de Lisieux a partir de la Ofrenda al Amor Misericordioso se acelerará la participación en la vida trinitaria sacudiéndose para siempre del influjo del jansenismo. En cambio Isabel de la Trinidad casi desde el inicio de su vida espiritual ya vive una vida trinitaria que no dejará de ahondar en su corta vida.

San Juan de la Cruz, más que afirmar que es discípulo, de santa Teresa es una personalidad complementaria a ella, en hondura espiritual y en doctrina.

Santa Teresa de Jesús prometió a Dios vivir con perfección la vocación carmelita que había profesado, en cambio santa Teresa Benedicta de la Cruz, se siente llamada a ofrecer su vida como ofrenda por la salvación de su pueblo y por la paz, algo semejante ocurrió con las mártires carmelitas de Compiegne. Los rasgos de abandono en la misericordia de Dios vividos por Teresa de Jesús, serán ahondados por su hija Teresa del Niño Jesús.

Con ello vemos que el manantial de la altura espiritual del carmelita descalzo como de todo carmelita está en la Virgen Santísima, nadie la ha superado en cualquier dimensión de la vida humana y espiritual. Ella a todos precede en la unión con Dios, y pone delante de todos como ápice de la perfección la unión con Dios.

Ante tantos favores recibidos por medio de la Virgen, no deja la madre Teresa de indicar a sus hijas de que la Virgen María es su Protectora y se gocen que lo sea «considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona» (III M 1,3). Ya que nadie es comparable a la protección que la Virgen María puede ofrecer por la Orden, pero Ella no lo hace sola sino junto con toda «su corte»[3]. La Virgen María se alegra de ser ayudada o de estar acompañada en su intercesión ante su Hijo con la intercesión de los santos del Carmelo.

La vida mística de los santos ha corroborado el patronazgo de la Virgen sobre la Orden del Carmen. Santa Magdalena de Pazzi tuvo una visión respecto a la Orden del Carmen: «Veía que todas las sendas conducían a un precioso jardín, que comprendí ser el paraíso. Unas sendas llegaban hasta el centro del jardín y terminaban unas en una fuente, otras en un árbol plantado en el mismo jardín y al que parecía le daban dignidad y belleza. Entendí que dichas fuentes y árboles eran los fundadores de las Religiones, como San Agustín, santo Domingo, San Francisco y otros Fundadores, que ahora están todos en el Paraíso… Veía que la senda por donde caminaban (los carmelitas)… era mucho más notable que las otras, pero no concluía en ninguno de aquellos árboles ni de aquellas fuentes, sino en la Reina y Señora del jardín, que es nuestra Madre, la Virgen María bajo cuya bandera vivimos nosotras»[4].

Esta visión corrobora el testimonio unánime de la tradición que la Orden del Carmen es la Orden de María. Estas mismas palabras oyó en su interior santa Teresa de parte del Señor: «en tus días verás muy adelantada la Orden de la Virgen» (CC 11). Lo que santa Teresa de Jesús obraba en bien de la Orden, Jesús lo consideraba como realizado directamente a su Madre: «Estando haciendo oración en la Iglesia [del monasterio de san José], estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con gran amor me pareció me recibiría y ponía una corona, y agradeciéndome lo que había hecho su Madre» (V 36,24). En otra ocasión dirá:  «estando todas en el coro en oración después de Completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco, y debajo de él parecía ampararnos a todas; entendí cuán alto grado de gloria daría el Señor a las de esta casa» (V 36,24).

Los testimonios de santa Magdalena de Pazzi, de santa Teresa de Jesús junto con el testimonio de carmelitas de todos los siglos, corroboran «que no se reconoce en el Carmelo otro fundador o patrón de la Orden, sino es la misma Virgen María, aquella que presidió la Capilla primitiva del Wadi es-Siah y que con amable y profunda mirada fue formando y alimentando a su Orden en la contemplación»[5].

El enriquecimiento constante del Carisma del Carmelo

Como hemos visto el manantial del carisma del Carmelo se encuentra en la Virgen María. Ella como Señora que es del Carmelo, alcanza de su Hijo en los diversos períodos históricos, enriquecimientos del carisma del Carmelo, para que este dé respuesta a las necesidades que pueda tener la Iglesia y la obra redentora de Cristo.

La Virgen María, alcanzará de Dios que esta su Orden, nazca eremita, para que prolongue su vida de oración en bien de la Iglesia y de la humanidad. Así la impronta de la oración y de la contemplación será siempre parte integrante de su ser en la Iglesia. No permitirá que desaparezca su Orden bajo la espada del islam, y los carmelitas los alentará para que regresen de nuevo a Europa. Allí velará para que se convierta en una Orden mendicante, para que participe activamente en la evangelización de Europa, ante todo por medio de la difusión del santo Escapulario.

Cuando la fe católica esté seriamente en peligro, suscitará a través de Teresa de Ahumada, monja carmelita, la Reforma del Carmelo Descalzo, que a la contemplación del “vacare Dio”, añadirá la dimensión apostólica, de orar ante todo por el ministerio Ordenado, para que Dios dé luz a los luteranos, y la difusión de la Iglesia por medio de la expansión misionera.

Santa Teresa de Jesús, alentará a sus monjas para que crezcan en virtudes de modo que Dios escuche sus oraciones. San Juan de la Cruz encaminará a sus discípulas a la negación de sí para llegar a la cima del monte Carmelo, donde sólo mora la honra y gloria de Dios.

No siendo suficiente ni las virtudes, ni la negación para que las oraciones sean escuchadas por Dios, suscitará al beato Francisco Palau, que en el silencio de las cuevas y ermitas, escuchará en su interior como el Acusador de nuestros hermanos, a causa de los muchos pecados de los hijos de la Iglesia, reclama a Dios que cumpla sus leyes de justicia, que sea tan severo con la Iglesia como lo fue antaño con el pueblo de Israel.  Él como sacerdote, querrá destruir este pecado, reconociéndolo con sinceridad, ofreciendo en reparación la preciosa sangre de Cristo, que tiene ante Dios infinitamente más valor que todos los pecados que hayamos podido cometer.

De este modo reparados los pecados de los hijos de la Iglesia, sus oraciones llegarán a Dios, y la Virgen velará para que el Carmelo se enriquezca con el servicio de la caridad, haciendo que nazcan multitud de congregaciones religiosas, que tendrán la hondura interior del carisma carmelita, pero se dedicarán a la salvación de las almas, a partir de la educación y de la beneficencia, o del apostolado directo, llevado a término no sólo por hombres sino también por mujeres. De este modo se podrá evangelizar la sociedad del siglo XIX y XX.

Cuando se cierne en el horizonte la II Guerra Mundial, donde el espíritu del mal podrá ejercer un gran poder destructor, querrá resguardar la humanidad en su Inmaculado Corazón. La hna. Lucía, una de las videntes de Fátima, querrá que sea carmelita descalza, para que promueva en la Iglesia y en la misma Orden, mantener viva la consagración de la humanidad a su Inmaculado Corazón que los Papas realizarán, para que pueda proteger la humanidad, como sólo Ella sabe y puede hacerlo.

Ante la gran persecución contra los cristianos, suscitará al P. Saverio Cannistrà, Prepósito General, que promueva una gran oración por la paz, como el regalo más preciado que puede ofrecer a su santa madre Teresa, con motivo del V Centenario de su nacimiento. Esta iniciativa ayudará a todos a ser conscientes que orar por la paz y promoverla es parte integrante del carisma, como lo hizo desde su conversión hasta el fin de sus días, nuestra Santa Madre, ayudando así a la Virgen María en su misión de escuchar las súplicas que le dirige la Iglesia, a quién invoca como Reina de la paz.

El Carmelo pertenece a María, Ella suscitará hasta el fin de los siglos los enriquecimientos que crea convenientes para ayudar a la obra redentora de su Hijo. Quienes estén revestidos de autoridad en la Orden, les corresponde «sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes., 5,19-21)» (LG 12). Los que son favorecidos por  carismas de enriquecimiento, deben tener una gran humildad, ya que su aportación es mínima a lo que estos reciben del bellísimo y riquísimo carisma de la Orden del Carmen. Además deberán tener para con sus hermanos/as del Carmelo, una profunda gratitud, ya que sin su fidelidad y sus desvelos por mantener vivo el carisma del Carmelo, ellos tampoco hubieran recibido estos enriquecimientos. La historia enseña que las “Reformas” que honran a la Orden del Carmen como madre subsisten, los que luchan contra ella desaparecen.


Notas

[1]Daniel de Pablo Maroto, Ser y misión del Carmelo Teresiano, Ed. de Espiritualidad, Madrid 2011, 17

[2] Marcelino Llamera, Los Santos en la vida de la Iglesia, Salamanca: Ed. San Esteban 1992, 14.

[3] Este es un vocablo utilizado por el beato Francisco Palau, cuando en Lucha del alma con Dios, le pide a la Virgen: «Encargaos, pues, de presentar a vuestro Hijo mi pretensión y mi súplica y de comprometerle a que él la presente al Padre» La Virgen María le responde: «Para dar este paso quiero el voto de toda mi corte [los santos]. Mira si quiere acompañarme en mi súplica» Luego el alma invoca a todos «los santos y santas de Dios, rogad». Estos a su vez responden «Señora, vuestra voluntad es la de todos nosotros. Unimos todas nuestras súplicas y deseos con los vuestros» (Lu 5, 36).

[4]Ildefonso de la Inmaculada, La Virgen de la contemplación, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1973, 141.

[5]Ibid., 141.

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