Oficio litúrgico de san Juan de la Cruz

14 de diciembre

SAN JUAN DE LA CRUZ, PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

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Celebramos con gozo la solemne festividad de san Juan de la Cruz, el hombre providencial que ayudó a santa Teresa de Jesús en la renovación de la Orden carmelitana. Pero Juan de la Cruz no es solo el padre y maestro espiritual del Carmelo Teresiano, sino que es el doctor de la vida cristiana a través de sus escritos, llenos de poesía y de unción del Espíritu Santo. Sus libros: Subida del Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva le han merecido el título de doctor de la Iglesia, conferido por el papa Pío XI en 1926, y un puesto de honor entre los escritores místicos de todos los tiempos. Nació en Fontiveros el año 1542; ingresó en el Carmelo a los 21 años. Para llevar adelante la reforma de los carmelitas hubo de soportar muchos padecimientos. Murió en Úbeda (Jaén) en la noche del 13 de diciembre de 1591.

I Vísperas

Himno

I

Un pastorcico, solo, está penado,

ajeno de placer y de contento,

y en su pastora puesto el pensamiento,

y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,

que no le pena verse así afligido,

aunque en el corazón está herido,

mas llora por pensar que está olvidado;

que solo de pensar que está olvidado

de su bella pastora, con gran pena

se deja maltratar en tierra ajena,

el pecho del amor muy lastimado.

Y dice el pastorcico: ¡Ay, desdichado

de aquel que de mi amor ha hecho ausencia,

y no quiere gozar la mi presencia,

y el pecho por su amor muy lastimado!

Y a cabo de un gran rato, se ha encumbrado

sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,

y muerto se ha quedado asido dellos,

el pecho de el amor muy lastimado.

II

Maestro iluminado, padre nuestro,

Juan de la Cruz, inagotable ansia,

que, entre las azucenas olvidado,

fuiste lección suprema de las almas.

Tú, que, junto a Teresa, recorriste

los caminos del mundo y sus moradas,

en esta noche oscura de la vida,

con ansias en amores inflamadas.

Tú, que supiste ser ejemplo y norma,

ardiente caridad, fe y esperanza,

y que pusiste en nuestra lengua toda

la deliciosa miel de tu palabra.

¡Oh toque delicado de tu mano,

oh búsqueda sutil de tu pisada,

oh ciencia transcendida de tu verbo,

oh cauterio suave de tu llaga!

Desde la noche oscura de este mundo

a ti volvemos, padre, la mirada.

Pídele a Dios que no se apague nunca

la antorcha viva de nuestra esperanza. Amén.

Salmodia

Ant. 1. Abrió su boca en la oración, y el Señor lo llenó de espíritu de inteligencia.

Salmo 112

Alabad, siervos del Señor,

alabad el nombre del Señor.

Bendito sea el nombre del Señor,

ahora y por siempre:

de la salida del sol hasta su ocaso,

alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,

su gloria sobre los cielos.

¿Quién como el Señor, Dios nuestro,

que habita en las alturas

y se abaja para mirar

al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para sentarlo con los príncipes,

los príncipes de su pueblo.

A la estéril le da un puesto en la casa,

como madre feliz de hijos.

Ant. Abrió su boca en la oración, y el Señor lo llenó de espíritu de inteligencia.

Ant. 2. Le dio el Señor a conocer sus tesoros ocultos y sus riquezas escondidas.

                    Salmo 145

Alaba, alma mía, al Señor:

alabaré al Señor mientras viva,

tañeré para mi Dios mientras exista.

No confiéis en los príncipes,

seres de polvo que no pueden salvar;

exhalan el espíritu y vuelven al polvo,

ese día perecen sus planes.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,

el que espera en el Señor, su Dios,

que hizo el cielo y la tierra,

el mar y cuanto hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,

que hace justicia a los oprimidos,

que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,

el Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos,

sustenta al huérfano y a la viuda

y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad.

Ant. Le dio el Señor a conocer sus tesoros ocultos y sus riquezas escondidas.

Ant. 3. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman.

    Cántico    

Ap 4, 11; 5, 9. 10. 12

Eres digno, Señor Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado,

y con tu sangre has adquirido para Dios

hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes,

y reinarán sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,

la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Ant. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman.

Lectura breve                                                                                                                                                                                                                             Ef 3, 14‑19

Por eso doblo las rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios.

Responsorio breve

R/. El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla», * Ha brillado en nuestros corazones. El Dios que dijo.

V/. Para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.  * Ha brillado. Gloria al Padre. El Dios que dijo.

Magníficat, ant. Busqué la sabiduría en la oración; la encontré dentro de mí colmadamente; ahora me veo muy aventajado en ella.

Preces

Aclamemos a Cristo, nuestro Redentor, que llamó a san Juan de la Cruz a su seguimiento

y lo encumbró a la más sublime contemplación, y digámosle:

A ti la gloria y el poder por los siglos.

Cristo Jesús, que diste a conocer a tu siervo Juan la sabiduría de la cruz,

― enciende la llama viva de tu amor en todos los que han recibido en la Iglesia el ministerio de la     enseñanza, del gobierno y de la santificación.

Cristo Jesús, Luz sin ocaso, que te manifiestas a los pobres de espíritu en la oscuridad de la fe,

― revela tu rostro a todos los pobres que en medio de las tinieblas te buscan con sincero corazón.

Cristo Jesús, Maestro único y verdadero, que des­cubres las riquezas de tu sabiduría a quienes te         buscan y te aman,

― otorga el conocimiento experimental de tu amor a cuantos has llamado a la familia del                    Carmelo.

Cristo Jesús, que vives triunfante en el cielo, rodeado de todos los santos,

― concede a nuestros hermanos el descanso eterno y el goce de la paz en tu reino.

Padre nuestro.

Oración

Señor Dios nuestro, que hiciste de san Juan de la Cruz (nuestro Padre) un modelo de abnegación evangélica y un perfecto amador de Cristo crucificado; concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, lleguemos hasta la contemplación eterna de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

Invitatorio

Ant. Venid adoremos a Cristo, Palabra única del Padre.

El salmo invitatorio como en el Ordinario, en el Apéndice I, p.

Himno

I

En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!

¡Oh noche más amable más que la alborada!

¡Oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado. Amén.

II

¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche!

Aquella eterna fonte está escondida,

qué bien sé yo dó tiene su manida,

aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene,

más sé que todo origen della viene,

aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,

y que cielos y tierra beben della,

aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida,

y sé que toda luz de ella es venida,

aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida

en este vivo pan por darnos vida,

aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,

y de esta agua se hartan, aunque a escuras,

porque es de noche. Amén.

Salmodia

Ant. 1. Dios nos predestinó a ser imagen de su Hijo.

Salmo 15

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».

No hay bien para mí fuera de ti.

En los santos que hay en la tierra,

varones insignes,

pogo toda mi complacencia.

Se multiplican las desgracias

de quienes van tras los dioses extraños;

yo no derramaré sus libaciones con mis manos,

ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;

mi suerte está en tu mano:

me ha tocado un lote hermoso,

me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor que me aconseja,

hasta de noche me instruye internamente.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena.

Porque no me abandonarás en la región de los muertos

ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha.

Ant. Dios nos predestinó a ser imagen de su Hijo.

Ant. 2. Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

Salmo 33

I

Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,

ensalcemos juntos su nombre.

Yo consulté al Señor, y me respondió,

me libró de todas mis ansias.

Contempladlo y quedaréis radiantes,

vuestro rostro no se avergonzará.

El afligido invocó al Señor,

él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

El ángel del Señor acampa

en torno a quienes lo temen y los protege.

Gustad y ved qué bueno es el Señor,

dichoso el que se acoge a él.

Todos sus santos, temed al Señor,

porque nada les falta a los que le temen;

los ricos se empobrecen y pasan hambre,

los que buscan al Señor no carecen de nada.

Ant. Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

Ant. 3. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

II

Venid, hijos, escuchadme:

os instruiré en el temor del Señor.

¿Hay alguien que ame la vida

y desee días de prosperidad?

Guarda tu lengua del mal,

tus labios de la falsedad;

apártate del mal, obra el bien,

busca la paz y corre tras ella.

Los ojos del Señor miran a los justos,

sus oídos escuchan sus gritos;

pero el Señor se enfrenta con los malhechores,

para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha

y lo libra de sus angustias;

el Señor está cerca de los atribulados,

salva a los abatidos.

Aunque el justo sufra muchos males,

de todos lo libra el Señor;

él cuida de todos sus huesos,

y ni uno solo se quebrará.

La maldad da muerte al malvado,

los que odian al justo serán castigados.

El Señor redime a sus siervos,

no será castigado quien se acoge a él.

Ant. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

V/. En ti, Señor, está la fuente viva.

R/. Y tu luz nos hace ver la luz.

Primera lectura

De la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses                                                                                                                                     1, 12‑29

Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido

Damos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar consigo todas las cosas: las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconsiliados para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche, a condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que habéis escuchado: el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor

Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor, conforme al encargo que me ha sido encomendado en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios, el misterio escondido desde los siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos, a quienes Dios ha querido dar a conocer cuál sea la riqueza de gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, al esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí.

Responsorio

Mt 17, 5b; Heb 1, 1‑2a

R/. Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. * Escuchadlo.

V/. En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. * Escuchadlo.

Segunda lectura

Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia

(Cántico B, canc. 5, l. 3. 4; EDE, 2008)

Las criaturas son como un rastro del paso de Dios

Dios crió todas las cosas con gran facilidad y brevedad, y en ellas dejó algún rastro de quien él era, no solo dándoles el ser de nada, mas aun dotándolas de innumerables gracias y virtudes, hermoseándolas con admirable orden y dependencia indeficiente que tienen unas de otras; y esto todo haciéndolo por la Sabiduría suya, por quien las crió, que es el Verbo, su unigénito Hijo.

Las criaturas son las obras menores de Dios, que las hizo como de paso; porque las mayores, en que más se mostró y en que más él reparaba, eran las de la encarnación del Verbo y misterios de la fe cristiana.

Según dice san Pablo, el Hijo de Dios es resplandor de su gloria y figura de su sustancia. Es, pues, de saber que con sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales, haciéndolas Ajabadas y perfectas, según dice en el Génesis por estas palabras: Miró Dios todas las cosas que había hecho, y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo.

Y no solamente les comunicó el ser y gracia naturales mirándolas, como habemos dicho, mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios y, por consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual, dijo el mismo Hijo de Dios: Si yo fuere ensalzado de la tierra, levantaré a mí todas las cosas. Y así, en este levantamiento de la encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad.

Responsorio

Oración de alma enamorada

R/. No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, * En que me diste todo lo que quiero.

V/. Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes,  los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos,  y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías, y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. * En que me diste.

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O bien:

De la Subida del Monte Carmelo de san Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia.

(Subida II, 7, 8-11: EDE, 2008)

La muerte de Cristo

Querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos –aunque esto, en su manera, sea necesario a los principiantes–, sino en una cosa sola necesaria, que es saberse negar de veras, según lo exterior e interior, dándose al padecer por Cristo y aniquilarse en todo; porque, ejercitándose en esto, todo esotro y más que ello se obra y se halla en ello. Y si en este ejercicio hay falta, que es el total y la raíz de las virtudes, todas esotras maneras es andar por las ramas y no aprovechar, aunque tengan tan altas consideraciones y comunicaciones como los ángeles. Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por san Juan. Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo no le tendría por bueno.

Y porque he dicho que Cristo es el camino, y que este camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual, quiero dar a entender cómo sea esto a ejemplo de Cristo, porque él es nuestro ejemplo y luz.

Cuanto a lo primero, cierto está que él murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte. Porque, como él dijo, en la vida no tuvo dónde reclinar su cabeza, y en la muerte lo tuvo menos.

Cuanto a lo segundo, cierto está que al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma, sin consuelo y alivio alguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad, según la parte inferior. Por lo cual fue necesitado a clamar diciendo: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado? Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así, en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios. Y esto fue, como digo, al tiempo y punto que este Señor estuvo más aniquilado en todo; conviene a saber, acerca de la reputación de los hombres, porque, como lo veían morir, antes hacían burla de él que le estimaban en algo; y acerca de la naturaleza, pues en ella se aniquilaba muriendo; y acerca del amparo y consuelo espiritual del Padre, pues en aquel tiempo le desamparó porque puramente pagase la deuda y uniese al hombre con Dios, quedando así aniquilado y resuelto así como en nada…

Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilara por Dios, según estas dos partes, sensitiva y espiritual, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar.

Responsorio

1Cor 2, 2; 11, 1

R/. Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, * Y este crucificado.

V/. Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo, * Y este crucificado.

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O bien:

De la Noche oscura de san Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia

(Noche II, 21, 3. 6. 10. 12: EDE, 2008)

La fe, la esperanza y el amor

El alma, pues, aquí tocada del amor del Esposo Cristo, pretendiendo caerle en gracia y ganarle la voluntad, aquí sale disfrazada con aquel disfraz que más al vivo represente las afecciones de su espíritu y con que más segura vaya de los adversarios suyos y enemigos, que son: demonio, mundo y carne. Y así, la librea que lleva es de tres colores principales, que son: blanco, verde y colorado, por los cuales son denotadas las tres virtudes teologales, que son: fe, esperanza y caridad, con las cuales no solamente ganará la gracia y voluntad de su Amado, pero irá muy amparada y segura de sus tres enemigos.

Porque la fe es una túnica interior de una blancura tan levantada, que disgrega la vista de todo entendimiento. Y así, yendo el alma vestida de fe, no ve ni atina el demonio a empecerla, porque con la fe va muy amparada, más que con todas las demás virtudes, contra el demonio, que es el más fuerte y astuto enemigo.

Luego, sobre esta túnica blanca de fe se sobrepone aquí el alma el segundo color, que es una almilla de verde, por el cual, como dijimos, es significada la virtud de la esperanza; con la cual, cuanto a lo primero, el alma se libra y ampara del segundo enemigo, que es el mundo.

Sobre el blanco y verde, para el remate y perfección de este disfraz y librea, lleva el alma aquí el tercer color, que es una excelente toga colorada, por la cual es denotada la tercera virtud, que es caridad, con la cual no solamente da gracia a las otras dos colores, pero hace levantar tanto al alma de punto, que la pone cerca de Dios tan hermosa y agradable, que se atreve ella a decir: Aunque soy morena, ¡oh hijas de Jerusalén!, soy hermosa; y por eso, me ha amado el rey.

Con esta librea de caridad, que es ya la del amor, que en el Amado hace más amor, no solo se ampara y encubre el alma del tercer enemigo, que es la carne –porque donde hay verdadero amor de Dios, no entrará amor de sí ni de sus cosas–, pero aun hace válidas a las demás virtudes, dándoles vigor y fuerza para amparar al alma, y gracia y donaire para agradar al Amado con ellas, porque sin caridad ninguna virtud es graciosa delante de Dios…

Sin caminar a las veras con el traje de estas tres virtudes, es imposible llegar a la perfección de unión con Dios por amor. De donde, para alcanzar el alma lo que pretendía, que era esta amorosa y deleitosa unión con su Amado, muy necesario y conveniente traje y disfraz fue este que tomó aquí el alma. Y también atinársele a vestir y perseverar con él hasta conseguir pretensión y fin tan deseado como era la unión de amor fue gran ventura.

Responsorio

1Cor 13, 13; Col 3, 14

R/. Quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor: estas tres cosas. * La más grande es el amor.

V/. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. * La más grande.

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O bien:

De la Llama de amor viva de san Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia

(Llama B, canc. I, 3-5: EDE, 2008)

El Espíritu Santo, llama de amor viva

Esta llama de amor es el espíritu de su Esposo, que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí, no solo como fuego que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como fuego que, demás de esto, arde en ella y echa llama, como dije. Y aquella llama, cada vez que llamea, baña al alma en gloria y la refresca en temple de vida divina. Y esta es la operación del Espíritu Santo en el alma transformada en amor, que los actos que hace interiores es llamear, que son inflamaciones de amor, en que, unida la voluntad del alma, ama subidísimamente, hecha un amor con aquella llama.

Y así, estos actos de amor del alma son preciosísimos, y merece más en uno y vale más que cuanto había hecho en toda su vida sin esta transformación, por más que ello fuese. Y la diferencia que hay entre el hábito y el acto, hay entre la transformación en amor y la llama de amor, que es la que hay entre el madero inflamado y la llama de él; que la llama es efecto del fuego que allí está.

De donde el alma que está en estado de transformación de amor podemos decir que su ordinario hábito es como el madero que siempre está embestido en fuego; y los actos de esta alma son la llama que nace del fuego del amor, que tan vehemente sale cuanto es más intenso el fuego de la unión. En la cual llama se unen y suben los actos de la voluntad, arrebatada y absorta en la llama del Espíritu Santo, que es como el ángel que se subió a Dios en la llama del sacrificio de Manué.

Y así, en este estado no puede el alma hacer actos; que el Espíritu Santo los hace todos y la mueve a ellos; y por eso, todos los actos de ella son divinos, pues es hecha y movida por Dios. De donde al alma le parece que, cada vez que llamea esta llama, haciéndole amar con sabor y temple divino, la está dando vida eterna, pues la levanta a operación de Dios en Dios.

Y este es el lenguaje y palabras que trata Dios en las almas purgadas y limpias, todas encendidas, como dijo David: Tu palabra es encendida vehementemente; y el profeta: ¿Por ventura mis palabras no son como fuego? Las cuales palabras, como él mismo dice por san Juan, son espíritu y vida; la cual sienten las almas que tienen oídos para oírla, que, como digo, son las almas limpias y enamoradas. Que los que no tienen el paladar sano, sino que gustan otras cosas, no pueden gustar el espíritu y vida de ellas, antes les hacen sinsabor.

Y por eso, cuanto más altas palabras decía el Hijo de Dios, tanto más algunos se desabrían por su impureza, como fue cuando predicó aquella tan sabrosa y amorosa doctrina de la sagrada Eucaristía, que muchos de ellos volvieron atrás.

Responsorio

Rom 5, 5b; 1Cor 6, 17

R/. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones * Por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

V/. El que se une al Señor es un espíritu con él. * Por el Espíritu Santo.

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O bien:

Del Cántico espiritual, como en la memoria del Santo de Liturgia de las Horas.

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                                                              Oficio de Vigilia

Ant. Venid, subamos al monte del Señor, escogido por Dios para habitar; solo mora en él honra y gloria de Dios.

                                                                    Cántico I                                                            Tob 13,10‑15

                                       Acción de gracias por la liberación del pueblo

Me mostró la ciudad santa de Jerusalén, que tenía la gloria de Dios (Ap 21, 10. 11)

Que todos alaben al Señor

y le den gracias en Jerusalén.

Jerusalén, ciudad santa,

él te castigó por las obras de tus hijos,

pero volverá a apiadarse del pueblo justo.

Da gracias al Señor como es debido

y bendice al rey de los siglos:

para que su templo

sea reconstruido con júbilo,

para que él alegre en ti

a todos los desterrados,

y ame en ti a todos los desgraciados,

por los siglos de los siglos.

Una luz esplendente iluminará

a todas las regiones de la tierra.

Vendrán a ti de lejos muchos pueblos.

Y los habitantes del confín de la tierra

vendrán a visitar al Señor, tu Dios,

con ofrendas para el Rey del cielo.

Generaciones sin fin

cantarán vítores en tu recinto,

y el nombre de la elegida

durará para siempre.

Saldrás entonces con júbilo

al encuentro del pueblo justo,

porque todos se reunirán

para bendecir al Señor del mundo.

Dichosos los que te aman,

dichosos los que te desean la paz.

                                                                   Cántico II

Is 2, 2‑3

                                El monte de la casa del Señor en la cima de los montes

Vendrán todas las naciones y se postrarán ante ti (Ap 15. 4)

En los días futuros estará firme

el monte de la casa del Señor,

en la cumbre de las montañas,

más elevado que las colinas.

Hacia él confluirán las naciones,

caminarán pueblos numerosos y dirán:

«Venid, subamos al monte del Señor,

a la casa del Dios de Jacob.

Él nos instruirá en sus caminos,

y marcharemos por sus sendas;

porque de Sión saldrá la ley,

la palabra del Señor de Jerusalén».

                                                                   Cántico III                                                                                                   Jr 2b‑7

                                  Enmendad vuestra conducta, y habitaré con vosotros

Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt 5, 24)

¡Escucha, Judá, la palabra del Señor,

los que entráis por esas puertas

para adorar al Señor!

Así dice el Señor del universo, Dios de Israel:

«Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones,

y habitaré con vosotros en este lugar.

No os creáis seguros

con palabras engañosas,

repitiendo: «Es el templo del Señor,

el templo del Señor, el templo del Señor».

Si enmendáis vuestra conducta

y vuestras acciones,

si juzgáis rectamente

entre un hombre y su prójimo,

si no explotáis al forastero,

al huérfano y a la viuda,

si no derramáis sangre inocente en este lugar,

si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal,

entonces habitaré con vosotros en este lugar,

en la tierra que di a vuestros padres,

desde hace tanto tiempo y para siempre».

Ant. Venid, subamos al monte del Señor, escogido por Dios para habitar; solo mora en él honra y gloria de Dios.

Evangelio

Jn 12, 35‑36a. 44b-50

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente:

― «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe dónde va; mientras haya luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz».

«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, Esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

____________________________________________________________________________

Himno Te Deum, Apéndice I, p.

La oración, como en Laudes.

Laudes

Himno

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

¡Oh bosques y espesuras

plantadas por la mano del Amado,

oh prado de verduras

de flores esmaltado!,

decid si por vosotros ha pasado.

¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!

Mi Amado, las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos;

la noche sosegada

en par de los levantes de la aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

Deténte, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas los amores,

aspira por mi huerto,

y corran tus olores,

y pacerá el Amado entre las flores.

Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura,

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura. Amén

Salmodia

Ant. 1. En verdad: tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador.

Salmos y cántico del domingo de la semana I, Apéndice II, p.

Ant. 2. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Ant. 3. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con cánticos espirituales.

Lectura breve                                                                                                                              2Cor 3,17‑18

El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.

Responsorio breve

R/. Brillará tu luz en las tinieblas, * Tu oscuridad se volverá mediodía. Brillará.

V/. Y el Señor llenará tu alma de claridades. * Tu oscuridad. Gloria al Padre. Brillará.

Benedictus, ant. Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz.

O bien:

Prestad atención a la palabra de Dios, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones.

Preces

Aclamemos a Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia, que hoy nos colma de alegría con la fiesta      de san Juan de la Cruz, y digámosle:

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Palabra única de Dios, hablada desde siempre en eterno silencio y acogida en el seno de la Virgen      al llegar la plenitud de los tiempos,

― enséñanos hoya escuchar tu palabra en la intimidad del corazón, y a cumplirla y manifestarla         con nuestras obras.

Sabiduría del Padre, que nos mostraste el exceso de tu amor en el anonadamiento de la                       encarnación y de la cruz,

― otorga a cuantos has redimido con tu sangre vivir en permanente comunión contigo.

Imagen Ajabada del Padre, en quien se nos han revelado esplendorosamente los misterios del             amor eterno,

― haz que, impulsados por tu Espíritu, caminemos con resplandor creciente hasta tu luz                      inaccesible.

Gozo supremo del Padre, por quien Dios mira propicio a los hombres,

― haznos perfectos y compasivos como el Padre cielo.

Primogénito de toda criatura, por quien el Padre creó y recreó con sabiduría y amor todas las        cosas,

 ― enséñanos a elevarnos de la belleza del mundo visible hasta tu hermosura invisible.

Padre nuestro.

Oración

Señor Dios nuestro, que hiciste de san Juan de la Cruz (nuestro Padre) un modelo de abnegación evangélica y un perfecto amador de Cristo crucificado; concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, lleguemos hasta la contemplación eterna de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

O bien:

Señor Dios nuestro, que hiciste de san Juan de la Cruz (nuestro Padre) un maestro espiritual para toda la Iglesia; haz que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, por la senda de la fe, de la esperanza y del amor, lleguemos a conseguir la perfecta libertad de tus hijos en el Espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                              Hora intermedia

Himno y salmodia complementaria, pp.  Si la solemnidad cae en domingo, salmos del domingo de la se­mana I, p.

Tercia

Ant. El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue su cruz y me siga.

Lectura breve

Cf. Ef 4, 23-24

Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

V/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

R/. Renuévame por dentro con espíritu firme.

Sexta

Ant. El que se acerca a Dios debe creer, pues el justo vivirá por su fe.

Lectura breve

Rom 5, 1-2

Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

V/. Vivo de la fe en el Hijo de Dios.

R/. Que me amó hasta entregarse por mí.

Nona

Ant. Vuestra fortaleza estriba en la esperanza y el silencio.

Lectura breve

Rom 8, 24-25

Hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente,  ¿cómo va a esperar uno algo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

V/. El Señor es bueno para los que en él esperan.

R/. Y para los que lo buscan.

                                                                  II Vísperas

Himno

                                                                           I

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!;

pues ya no eres esquiva,

Ajaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su Querido!

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno,

cuán delicadamente me enamoras! Amén.

                                                                          II

¿Quién pone en pie la sangre que cedía,

quién anima la llama vacilante?

Juan de Santo Matía,

peregrino de Dios y caminante.

Frente signada por la Eterna Mano,

pie que pisa la tierra y pisa el cielo,

palomar silencioso y soberano,

donde forja novicios el Carmelo.

Por ese corazón se va a la gloria

de la esperanza, al sol de la alegría…

¡Pozo de la memoria

manando un agua pura cada día!

Por soledosos campos de ternura

avanza, en sus amores inflamado;

con cíngulo de cielo a la cintura,

un pecho en el dolor transfigurado.

Juan de la Cruz, tu nombre es la bandera

que convoca a los unos y a los otros.

Desde tu inagotable primavera

pide a Dios por la Iglesia y por nosotros. Amén.

Salmodia

Ant. 1. Dios, por el gran amor con que nos amó, nos ha hecho vivir con Cristo.

                                                                    Salmo 14

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda

y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino.

El que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró

aun en daño propio,

el que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Ant. Dios, por el gran amor con que nos amó, nos ha hecho vivir con Cristo.

Ant. 2. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

                                                                   Salmo 111

Dichoso quien teme al Señor

y ama de corazón sus mandatos.

Su linaje será poderoso en la tierra,

la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,

su caridad dura por siempre.

En las tinieblas brilla como una luz

el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,

y administra rectamente sus asuntos,

porque jamás vacilará.

El recuerdo del justo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,

su corazón está firme en el Señor.

Su corazón está seguro, sin temor,

hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;

su caridad dura por siempre

y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,

rechinará los dientes hasta consumirse.

La ambición del malvado fracasará.

Ant. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Ant. 3. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

                                                                     Cántico                                                                                                                                Ef 1, 3‑10

Bendito sea Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en Cristo

con toda clase de bienes espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo,

antes de la fundación del mundo,

para que fuésemos santos

e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,

según el beneplácito de su voluntad,

a ser sus hijos,

para alabanza de la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en el Amado.

En él, por su sangre,

tenemos la redención,

el perdón de los pecados,

conforme a la riqueza de la gracia

que en su sabiduría y prudencia

ha derrochado sobre nosotros,

dándonos a conocer el misterio de su voluntad:

El plan que había proyectado

realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos:

recapitular en Cristo todas las cosas

del cielo y de la tierra.

Ant. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Lectura breve                                                                                                                                                                                                     1Cor 13, 8‑10. 12‑13; 14, 1a

El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se Ajabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se Ajabará. Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se Ajabará. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios. En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor: estas tres. La más grande es el amor. Esforzaos por conseguir el amor.

Responsorio breve

R/. Es fuerte el amor como la muerte. * Es centella de fuego, llamarada divina. Es fuerte.

V/. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? * Es centella. Gloria al Padre. Es fuerte.

Magníficat, ant. Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; y que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.

Preces

Demos gracias a Dios Padre, que se ha dignado, por su querido Hijo Jesucristo, enviarnos su              Espíritu para que, compartiendo el mismo ser de Dios, seamos en la Iglesia testigos del Amor;      supliquémosle diciendo:

Por intercesión de san Juan de la Cruz, escúchanos, Señor.

Otorga a tu Iglesia una fe viva, que ilumine a cuantos van a tu encuentro con sincero corazón,

― y los conduzca hasta la íntima comunión contigo

Concede a quienes te buscan afanosamente la esperanza del cielo,

― que tanto alcanza cuanto espera.

Derrama en nosotros tu caridad,

― para que pongamos amor donde no hay amor.

Haz que los carmelitas, a ejemplo de María, su Ma­dre,

― sean siempre dóciles y fieles a las mociones del Espíritu Santo.

Concede a nuestros hermanos difuntos su última pu­rificación,

― a fin de que puedan cuanto antes entonar el cántico del amor en compañía de tus santos.

Padre nuestro.

Oración

Señor Dios nuestro, que hiciste de san Juan de la Cruz (nuestro Padre) un modelo de abnegación evangélica y un perfecto amador de Cristo crucificado; concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, lleguemos hasta la contemplación eterna de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

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